La Hna. María Constanza Cecilia Mattera, miembro de las Hermanas de la Sagrada Familia de Urgell, comparte un profundo testimonio de vocación nacida del servicio y la compasión. Desde las calles de Buenos Aires hasta el corazón de Roma, su misión la ha llevado a acompañar a mujeres transgénero que se dedican a la prostitución y a familias romaníes, caminando junto a quienes la sociedad suele ignorar. A través de su ministerio, la hermana Constanza descubre el poder transformador de la fe, la comunidad y la dignidad humana: un viaje continuo de encuentro con Dios en los márgenes.

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La llamada de Dios en mi vida no se ha manifestado de un modo único: era muy feliz con mi vida universitaria, de trabajo, con mis amigos. Buenos Aires era un lugar muy querido para mí. Tenía todo lo que necesitaba.

El Señor ha luchado bastante para que pueda reconocer su voz en medio de mis intereses personales. Creo que utilizó una magnífica herramienta: el servicio. El signo que puedo reconocer claramente a lo largo de mi vida como “camino vocacional, presencia y voz del Señor en mi vida” es el encuentro con mi prójimo más vulnerado. Siempre encontré sentido a mi vida trabajando pastoralmente en las Villas Miserias de Buenos Aires, ofreciendo mi tiempo como voluntaria con niños con Down, acompañando a los más olvidados de las sociedades, buscando su inclusión y dignidad. También mi familia tenía una clara opción de servicio y esto ha sido una gotita más que ha colaborado para construir mi identidad y encontrar mi vocación.

Todo esto me ha hecho tomar una decisión: animarme a caminar por los márgenes con aquellos que, sin decisión, no tienen otra que aceptar este destino social.

Alguna vez, fue unautopía, quizás mezclada con un rasgo político muy propio de los argentinos, de mi propia familia… pero a lo largo del camino se ha ido purificando y fui encontrando al Señor en esta opción que a su vez más era el querer de Dios para mí: una opción no siempre fácil porque hay que combatir con los propios demonios interiores: rechazos, prejuicios, cansancio, ¿para qué? Pero el Señor siempre nos sacude, nos vuelve al punto de partida y nos misiona.

Siempre he sentido una vocación especial en “la calle”, con los que no se ven, con los que novemos. Y luego de un tiempo de mucha dificultad por diversas causas, todo se fue presentando, un paso después de otro, fuimos orientadas a este servicio de caridad en nuestra comunidad de Roma.

En este momento mi vida está dedicada a las mujeres transgénero que por tantos diversos motivos tienen que estar en situación de prostitución, junto con mi comunidad. Pero esta misión no termina aquí “en la calle, de noche”; se ofrece poder caminar en libertad, ha nacido una comunidad pastoral con otros hermanos y hermanas con las que caminamos juntos. También trabajamos pastoralmente con niños y mujeres rom junto a un equipo de laicos.

Todo esto me “salva”, me transforma, cambia mi modo de pensar y de juzgar a los demás. Me ubica en mi propio camino. Conocer la historia, escuchar, caminar con estas personas desde hace 8 años sin detenernos nunca, hace que pueda comprender, ponerme en el lugar del otro, compartir sus dolores y comprometerme con sus sueños y deseos. Todos y todas deseamos…y queremos vivir en profundidad.

La sociedad tiene una mirada muy plana de la realidad, ¿Somos más espectadores que participativos en esta realidad? Es una buena pregunta para hacerse. Es fácil mirar desde fuera y generar una crítica.

Hay muchos signos de Dios en este camino, en mi camino, en el de mi grupo, en el camino compartido con mujeres transgénero, niños y niñas Rom y sus familias:

– En primer lugar, somos una “comunidad pastoral”, nadie carga con un peso único ni goza solo cuando hay pasos de liberación. Sin red no hay demasiadas posibilidades, sin comunidad es imposible. Y además no vale la pena.

– Comprender que somos una comunidad también y sobre todo! con estas mujeres, que crecemos juntas, que tienen un lugar en nuestras comunidades, que podemos comprometernos con sus derechos fundamentales y su inclusión social, que vamos haciendo camino y, que también han nacido las respuestas justas, creativas para que podamos tener una “excusa para ser comunidad”, es no sólo un signo de Dios, es una confirmación de su presencia en medio nuestro.

– Que nuestra familia religiosa acompañe, participe, apoye, conozca, abra nuevos horizontes y ofrezca signos reales de una presencia del Señor.

Del mismo modo, el Señor nos da la fuerza en los momentos difíciles o en los que no se ve muy adelante. Siempre nos conforta y nos recuerda que más allá del resultado – que es siempre una gracia suya – lo que vale es el paso a paso. Él no decae ni se detiene.

Creo que nuestro camino también está marcado por el discernimiento, la búsqueda del querer del Señor para estas mujeres, para los niños Rom, para nosotros. La diversidad del equipo pastoral es magnífica.

No hay acción que no sea purificada por el modo de hacer de Jesús, Él nos muestra el cómo de un modo u otro. Nuestros prejuicios, nuestras búsquedas personales, nuestras faltas de fe u oscuridad, las va purificando en el camino, en la oración y a través de la presencia de los hermanos y hermanas del camino.

He encontrado muchas historias en esta misión: he visto niños y niñas que están entre nosotros, necesitados, sin casa, sin medios como cualquier otro niño, y “servir”, decidir dar de comer a los más necesitados… He visto mujeres transgénero fuertes afrontar enfermedades con una grandeza enorme, perdonar muchas

Heridas, preocuparse de corazón por los demás, mucho más que nosotros, que yo misma, que a veces “tengo todo”. Eso me conmueve. Y aprendo la gratitud de servir; me siento confrontada con mis propios egoísmos y pequeñeces.

Creo que el silencio en la misión nace cuando “volvemos a casa”, tanto en la calle como en nuestras comunidades. Volver a casa es no pasar por alto lo que sucede, es guardarlo en el corazón y no ofrecer respuestas absurdas o prehechas. Comprender cómo Dios habita en cada una, en cada uno. Es creer que Dios nos ama a todos y todas como hijas e hijos.

Recordar, hacer memoria de las cosas que hemos vivido, escuchando, abrazando, da lugar a que nazca algo nuevo; es siempre un punto de partida.

Creo que, como consagradas, dando respuesta a los signos de los tiempos, estamos llamadas a “salir de nuestras comunidades tranquilas” e ir a las fronteras, donde nadie quiere ir, donde hay prejuicios, marginalidad, invisibilidad y dar voz a los que no la tienen. Animarnos a comprometernos con esta restitución es un desafío humano, pero absolutamente evangélico. “Salir”, como decía Francisco, no es una cosa nueva, es volver a la misión del Señor Jesús, hacer camino con las hermanas y hermanos que más sufren, buscar respuesta juntos, ¡animarnos!

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Maria Constanza Cecilia Mattera

Suore della Sacra Famiglia di Urgell

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